
Un litro de sangre
Davo Valdés de la Campa.
Disculpe, ¿aquí es la fila para donar sangre?
Si aquí atrás de mí. Ya en un ratito abren la puerta para que podamos entrar.
Todavía era de noche. En el cielo una luna llena roja reinaba. Aunque en casa nos desvelamos para llegar temprano, otras cincuenta personas pensaron lo mismo y a pesar de que estábamos a oscuras la fila ya se extendía por la explanada del Seguro Social. El frío de la madrugada soplaba bajo. Al cuarto para las siete abrieron la puerta y todos nos abalanzamos para entrar primero. Adentro y subiendo las escaleras otra fila totalmente distinta a la primera se creó.
¿Qué pasó Martín? ¡Qué bueno que viniste! Ayer estuvimos todo el día intentando buscar donador, pero nada que conseguíamos.
No pues para eso estamos los amigos, yo lo hago con mucho gusto... Si me vas a dar la lana que me prometiste ¿no?
Si, na-más que salga de gastos. Échame la mano, no seas así. Me ha costado un huevo conseguir la sangre y la cirugía del chamaco ya es la próxima semana.
Órale está bien mano, no te preocupes. Sólo espero que no se tarde mucho esto porque el taxi no se paga solo. Tengo que pasarle cuenta al jefe.
No, ya casi pasamos. Espérame tantito voy a ver cómo está el niño.
El sol destronaba a la luna del cielo y comenzó a iluminar por los ventanales del edificio. La fila se prolongaba desde el segundo piso hasta la mitad de la escalera. Gente que iba y venía con sus carnets, con las recetas para la farmacia. Subían los viejitos con sus caras cansadas, con sus bastones; los doctores también hacían acto de presencia, brillaban con sus uniformes pulcros. Ellos entraban al recinto caminando con la actitud de semi-dioses, miraban al aire a un punto muerto. Caminaban rápido y evitando contacto visual con los enfermos y desaparecían en las puertas grises.
-Van muchachos fórmense ahí. Denme sus credenciales.
-¿Vienen con usted señor?
-Sí, sí. Son amigos de mi hija.
-Ajá... Ojala se hago hoy, ya urgen esas plaquetas y de los cinco que trajo ayer ninguno pasó.
-Yo también espero lo mismo señorita.
Chale cabrón, ¿le dijiste que mínimo un veinte? Aunque no pasemos hay que sacarle una lana.
Simón, ya le dije. Además está en chino, yo vine hace quince días.
Yo hace diez. Tampoco pasé.
Pues a ver si se mocha aunque no califiquemos. ¿Para quién es la sangre?
Creo que para su hija, ni ha dicho. Ahí viene chitón.
La fila empezó a caminar como una marcha fúnebre. Se escuchaban voces en todo el hospital: “Doctor Galván a quirófano”, “Señorita de intendencia se le solicita en la entrada”,
Aaatodos los paaacientees, del doctor Gutiérrez, se les aaaavisa que canceló las citaaaas. Una ocasión bromeé con mi hermana sobre las señoritas que anuncian en los hospitales (supermercados o terminales de camiones), al parecer un requisito para el trabajo, es hablar lo menos claro posible. Llegué a una ventanilla. Pidieron mi credencial de elector. Pasé a una sala con sillas azules. Vi un dibujo de una gota de sangre alegre que decía “La
sangre es vida”, pensé: el verde es vida, el agua es vida, la sangre es vida: ¿qué vida?
¡No mames! Canceló la cita el doctor Gutiérrez ¿ahora que vamos a hacer?
¿Qué pasó hijita?
Según la pendeja enfermera, el doctor se fue de vacaciones... No entiendo porque no me avisaron.
¿De vacaciones, a dónde?
¡Qué chingados voy a saber mamá!
¿No sabe la enfermera?
¿Por qué te interesa tanto el doctor? El problema es que hoy falté al trabajo para venir con él y ahora resulta que está en alguna che playa.
Ah, se fue a la playa.
¡Mamá!
Alguien prendió la televisión en la sala de espera. Estaban las noticias del trece: muertes, robos, asesinatos, ardillas que bailan, revista de los trescientos personajes más influyentes en México, Rebeca de Alba no es lesbiana, guerras, tifones, tsunamis. Una enfermera mayor, con un gorro verde mal puesto nos indica qué hacer. Llenar una forma, esperar a que extraigan la primera muestra de sangre para detectar anemia o grasa; pesarnos, medirnos, tomarnos la temperatura y la presión. Esperar. Pasar al área de sangrado, descansar, llenar otra forma, desayunar algo. Esperar. Parece fácil. Termina diciendo que apaguemos los celulares y que avisemos a nuestros familiares que regresen en tres horas por nosotros.
-Una revista, un periódico. Llévese “
La Unión de Morelos, TV Notas, El Extra”. ¿Cuál seño? Son tres pesos.
....
-No don, ya se me terminaron los
Extra. Bueno, ahí pa´ la otra.
...
¿Qué te dijeron?
Que no pasé, me faltaron tres puntos.
¿Tres puntos de qué?
No sé
¿Y ahora?
No sé
¿Le marco a mi papá?
Bueno, aunque se va a enojar.
Papa, habla Susana
¿QUÉ PASÓ?
No aceptaron la sangre de tu hijo
¿POR QUÉ NO?
Que le faltaron tres puntos, a mí se me hace que fue por chupar.
SEGURAMENTE, PICHE BRIAGO. SIEMPRE TIENE QUE SALIR CON SUS PENDEJADAS.
Si, ¿Qué hacemos ahora?
INTENTA TÚ, SINO EN UN RATO LLEGO.
¿Qué te dijo?
Que vaya a sacar una ficha para donar. Está emputado contigo.
¿Por qué?
Porque eres un borracho y ni para algo tan importante como su operación puedes hacer el esfuerzo de no tomar.
Mmm...
¿Y TU HERMANA DÓNDE ESTÀ?
Fue a la ventanilla con la enfermera a ver si podía donar.
VOY CON ELLA.
¿Qué pasó?
No se pudo, que porque pesó cincuenta. Estoy muy baja. Son mamadas, ni cuando me embaracé pesé cincuenta y seis.
¿Eso necesitas pesar?
Algo así. Pinche enfermera mamona.
¿Y mi papá?
Ya se fue, dice que no servimos para nada.
Mmm...
Si peso tan poco le voy a decir a Manuel que ya no podemos tener más hijos.
¡Je!
La sala se va quedando vacía. Entre detractores y rechazados el número de personas que van a donar se reduce bastante. Ya empieza a subir el calor por los muros. Ya casi es mi turno para donar. Pasé las pruebas de anemia, peso, etc.
Bueno... José... soy Agustín.... ¿Te acuerdas de mí no? A-g-u-s-t-í-n.... si de allá debajo de la colonia.... ¿Estás trabajando? Oye... necesito un paro... Me van a operar.... no nada grave pero.... si, acá en el seguro... Necesito un parote... Un donador de sangre...OH... Va... Ni pedo... Va... bai...
Para si mismo: Chale para eso no están los amigos.
Ya pasé a donar sangre. Me desvanecí por los nervios. Ya está más que comprobado que no puedo ver mi sangre. Las enfermeras se rieron bastante de mí. Cuando perdí el conocimiento, según la enfermera sólo fue unos instantes, aunque para mí fue eterno, estuve pensando o imaginando algo que no recuerdo. Regresé a la realidad y de pronto no sabía dónde estaba. Me quedé acostado un rato y después me comí una manzana que me dieron. Salí de la sala de donación de sangre, me sellaron mi forma y me entregaron una hoja para que en una semana regresara por mis resultados.
-Doctor Galván a quirófano.
-¿Disculpe está es la fila para donar sangre?
-Señorita perdóneme pero esas son mamadas, ¿no me puede atender otro doctor?
-¿Cómo que ninguno pasó? No cómo que veinte pesos, ni madres. Lárguense de aquí.
-Sssssaaaalvaaaameeeee
Llevo dos horas en el hospital desde que salí de la sala para donar sangre. Ya salieron a desayunar los doctores y los practicantes con sus botellas de
coca-cola y sus tortas de milanesa. Mi madre y su amiga (a la cual van a operar) tuvieron que sacar copias a un formato para la operación para la cual doné sangre. Subieron al tercer piso a ver a un traumatólogo. Después a planta baja por los resultados del laboratorio y finalmente por unos medicamentos a farmacia. Recuerdo que al salir del área de sangrado la enfermera me dijo que podía convertirme en donador voluntario. Te espero el próximo año. “Ni madres” murmuré y salí corriendo. Después recordé la ocasión en que visité un juzgado, como se comportaban los abogados en su hábitat natural, se desplazaban con confianza, seguros de si mismo, saludando a los colegas. Algo parecido sucedió en el hospital, los doctores se comportan de una manera peculiar. Caminan como modelos en pasarela al pasar por los laboratorios. Los practicantes se sienten dueños del mundo, superiores al resto. Las enfermeras: algunas prepotentes y frustradas, otras amables y cordiales. Es una ruleta rusa con ellas. Me pregunto dónde podremos comportarnos así los escritores. ¿Cuál sería nuestro lugar, nuestro ecosistema para creernos los poseedores de la verdad?