
La experiencia de la poesía*
Davo Valdés de la Campa
Un poemario es la pronunciación de una o muchas experiencias a través del lenguaje. En él reside la palabra, pero no sólo eso, pues también entre sus páginas habitan y convergen espacio y tiempo. En ese sentido, la plaquette Nueve estancias de mí misma de Lucero García Flores es un manojo de experiencias en donde la maduración y la búsqueda de una voz poética son los principales elementos que la conforman.
Yo he sido testigo de este proceso en donde Lucero García Flores ha sufrido y gozado todo lo que representa escribir poesía. He podido seguir de cerca la ruptura entre muchas Luceros que se enfrentan a través del espejo y de la palabra. Esta plaquette es sin duda alguna la búsqueda interior de un alguien o un algo perdido, nos encontramos ante el descubrimiento de un ser femenino que escribe, pero también que llora, que palpa la soledad de los días interminables, que sobre todas las cosas sueña. Que se reafirma a través del reflejo de lo poético y de sumergirse en las peligrosas aguas del ser. Nueve estancias de mí misma es una plaquette, que es un grito, que es una declaración de vida, un manifiesto de existencia entre un yo lírico, una ficción que vive en el espejo y una mujer que habita el mundo, y que éste no es suficiente para ella. Esa mujer busca el poema en todos los espacios de la vida. Entonces goce y sufrimiento son motivos de exploración, son experiencias que se traducen en palabras, en imágenes evocativas de un génesis personal que va dibujando el cuerpo y el alma del mismo modo en que se labra un poema.
En este breve pero intenso poemario García Flores nos conduce a través de una poética que poco a poco ha ido construyendo en torno a imágenes colmadas de luz y feminidad: papalotes nocturnos que se amarran a la espalda de una mujer que habita en el espejo, luciérnagas, estrellas, átomos, lo orgánico y lo cósmico unidos en este yo lírico que continúa en esa búsqueda enunciada. Un escudriñamiento que va desde el interior de su propio ser hasta las últimas fronteras de nuestro universo: las estrellas moribundas. Esa búsqueda que se da la oportunidad de reflexionar además de los pequeños momentos que conforman la vida, como lo son las miradas y el deseo, el llanto y la tristeza. En esta travesía existe el choque también entre la luz y las tinieblas. Eso es la vida, enfrentarse a nosotros mismos. Existe también un enojo, una incertidumbre, una duda imponderable hacia la figura de Dios. Quizá un muro infranqueable que la poeta deba brincar para llegar al poema mismo. Un salto que representará la comunión de todas esas voces que la conforman y que están ansiosas de salir a la luz pues han permanecido demasiado tiempo en la oscuridad.
Al final del sendero está la poesía como una posibilidad más dentro de los innumerables caminos que existen, el poema como la salvación, como una respuesta definitiva que no necesita explicaciones porque comulga consigo misma. Un poema que es asidero de la vida. Este poemario aunque representa la continuidad de una obra poética que Lucero García Flores viene trabajando arduamente desde hace años, simboliza el descubrimiento de la misma poeta de saber que este es su camino.
Jiutepec, Morelos 2011.
*Texto leído en la presentación de la plaquette de Lucero García Flores el 12 de noviembre de 2011




A veces olvido muchas cosas, a veces olvido a mis compañeros de oficio, cuyo oficio abandoné y retomé, a veces olvido que sólo nosotros y entre nosotros podemos reconocernos como confratellos de una misma locura provocada por la poesía. Qué gusto encontrarme de nuevo en tu blog, leyéndote, y aprendiendo lo que nos dan los demás. Lástima no pude asistir a la presentación de Lucero, conozco su poesía, conozco sus poemas, y me deja asombrada,queriendo conocerla más. ¡Buena vibra!
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